Final feliz
Un país tercermundista. Pobre. Corrupto. Latinoamericano. El gobernador de un estado del país tercermundista pobre y corrupto. Una estrella mediana de la farándula del país tercermundista pobre y corrupto. Una historia de amor entre ambos. Un compromiso. Una boda en puerta. Final feliz.
Perdón. El gobernador de un estado del país tercermundista pobre y corrupto y la estrella mediana de la farándula del país tercermundista pobre y corrupto han viajado de Latinoamérica a Europa, al Vaticano, pare que su boda sea bendecida personalmente por el papa Benedicto XVI. Felicidad en el país tercermundista pobre y corrupto.
Aplausómetro
Desde que Vicente Fox asumió la presidencia de México (2000 – 2006), una de sus preocupaciones constantes fue medir la popularidad que tenía entre los habitantes. Una compañía de encuestas se dedicó a hacerle evaluaciones para notificarle qué tan aceptado y popular era. Y así fue hasta el final de su sexenio. Fiel a este abominable y absurdo ritual, su sucesor, Felipe Calderón, no sólo dio continuidad a esta práctica de vanidad y culto a la personalidad, sino que dotó de multipoderes a un equipo de asesores de imagen que, de igual forma, bañaron y revistieron a su esposa para acotarle el estilo vulgar y de mal gusto con el que se presentaba en público. Valdría la pena saber para qué sirven tales mediciones de popularidad. Es de suponer que luego de aquella agresión que sufriera Calderón el 18 de julio de 2006, afuera del Club de Periodistas, en la que un tipo simpatizante de su contendiente le gritara la consigna de “voto por voto y casilla por casilla“, mientras le mostraba el puño derecho con el dedo medio levantado, el todavía candidato del PAN comenzaría su actuación con un bajo perfil: desapareció de los escenarios públicos y todas sus declaraciones las hizo por medio de comunicados. Así hasta el día en que tomó la presidencia y decidió exhibirse lo menos posible. Su presencia ha sido lo más indispensable y con públicos totalmente restringidos. Aunque de poco le han servido. Ahí está, por señalar algunos, el episodio de Andrés Leonardo Gómez en que en un acto público le gritó “espurio” y por ello fue maltratado por el estado mayor presidencial; o más recientemente cuando Felipe asistió a la inauguración de un estadio de futbol y fue abucheado por los aficionados. Su popularidad es la misma, tal vez un poco más deteriorada por él mismo. De nada o de muy poco le han servido tales encuestas. Éstas continuarán hasta el final del sexenio. Y con ellas su misma utilidad: la vanidad, el deseo del reconocimiento y la atención de todos. Tal como Juanito, quien desde que recibió los reflectores y micrófonos, quedó poseído. Son equiparables el uno con el otro. Su autoestima es tan pobre que sólo puede ser satisfecha a través de la medición de su popularidad. Necesitan de cámaras y reporteros para sentirse menos miserables. La fama es el fin, el medio es el poder.
mexicano pendejo III
La idea barata de que sólo a través del sufrimiento se obtiene la redención es hija de la moral esclavizante del cristianismo. Platón cimentó la idea del mundo inaccesible al hombre terrenal, pero los cristianos lo prometieron por medio de la penitencia. Sólo quien sufre es capaz de merecerlo todo. Y es que más que recompensar, se trata de un camino necesario y único. Y así adquiere sentido la vida humana. La acciones de bondad y maldad se adecuan dependiendo de quien hace sufrir y quien sufre. Los principios morales del cristianismo nacen de este actuar. Principios que se someten al chantaje cuando el redentor encarne este sufrimiento (cristo en la cruz) y establece así la resignación al sufrimiento. Lo que señala no sólo una sociedad ingenua que acepta y exalta el padecer, sino que, al paso de los años, evidencia un grado alarmante de pendejez. Sobre todo cuando las mentes pensantes de una sociedad, o a los que se les llaman intelectuales, realizan la apología del sufrimiento.
Patético y digno de lástima sería leer, escuchar, a un escritor al afirmar que el sufrimiento, en cualesquiera de sus modalidades, resulta un privilegio por no encontrar consuelo.
Si este escritor es de este país no puede llevar otro calificativo que el de mexicano pendejo.
Carta a mi hija (1)
Querida hija:
Sé que preferirías un teléfono con un chingo de madres, pero eso podría dártelo cualquier otro año. Lo que ahora te escribo será tu regalo de cumpleaños, porque sólo este año valdrá la pena que te lo diga. Y además me ahorraré una lanita así.
Sé que estarás pensando que está próximo el asunto de “tú primera vez”, o sea lo del asunto de “hacerlo”. Lo más seguro es que para tu siguiente cumpleaños ya andes en ese asunto o inclusive pienses celebrarlo así mero.
Deja echarte un choro de esos que nos tocan a los papás. Sí, sé que después de los once el asunto se empieza a volver de güeva, pero tenme paciencia. Tal vez este sea un regalo más para mí que para ti. Tal vez no soy el mejor tipo para dar consejos, pero tal vez nadie más vaya a tirarte netas así como yo. Si crees que no vale la pena, olvídalo y ya. Si algo te sirve, pues…
Pues ai va:
—Ponle con el que te guste, pero cásate con el que te convenga.
—Nunca finjas un orgasmo. El que te quiera, que finja fidelidad. Nunca aceptes a un descarado o cínico.
—Nunca cobres por aflojar, pero nunca aflojes sin ganar algo.
—No creeré en tus mentiras, pero siempre preferiré escucharlas a que me digas la verdad. Por favor, nunca me la digas. Sólo dime lo que me gustaría escuchar. Haz lo mismo con quien quieras que se clave contigo. Pero nunca busques clavarte con un hombre que te parezca semejante a mí.
—Pronto comenzarás a cobrar conciencia de que soy un perdedor. Te dolerá que te lo echen en cara. Pero créeme que llegará el día en que ya no te importe y así puedas quererme sin avergonzarte.
—Te diría que te drogaras sólo con lo mejor, pero tardarás en distinguir entre lo malo, lo bueno y lo mejor. Entonces sólo puedo desearte que disfrutes todas esas veces sin sentir culpa.
—De tú madre, no tengo nada que decir. Sólo que nunca recibió estos consejos. O no le importaron.
—De tú padrastro, lo único que tengo que decir es que chingue a su puta madre. La verdad, no tiene caso que finja ahora que estoy tirando netas.
Bueno, mi chiquita. Si se me ocurre algo más, te lo smseo.
Feliz Cumpleaños XOXO
Texto tomado de Odio los blogs sin autorización, por supuesto.
41 años
El 2 de octubre de 1968 el gobierno mexicano cercó el movimiento estudiantil y lo masacró. En la película Rojo amanecer, de Jorge Fons, durante el diálogo que sostienen los chicos que han logrado escapar, con los dos jóvenes que viven en el departamento en que se refugian, Jorge, interpretado por Demián Bichir, menciona que tras la balacera que le propina el grupo paramilitar Batallón Olimpia “el pueblo no va a dejarnos solos… No puede dejarnos solos”. A manera de reproche, pero de forma categórica se simboliza la actitud que ha tomado la población tras aquella tarde. ¿Para qué sirvió el movimiento de los grupos estudiantiles de 1968 más allá de escribir libros, documentales y películas?
¿Hoy en día qué nos deja? ¿Una lección de la indiferencia de la sociedad mexicana? ¿Motivos para que un puñado de drogados, alcoholizados y vándalos hagan desmanes y cumplan aburridos presagios de reaccionarios y conservadores? ¿Pretextos para descalificar cualesquiera intentos de recordar lo ocurrido? No mucho es lo que se puede mencionar. Y es que, más allá de demostrar el enorme músculo del estado, esta fecha se ha convertido en un mero pretexto para que el Estado Mexicano refuerce su trabajo represor, así como para que una pandilla de pendencieros cometa toda clase de tropelías. Después de 41 años, el movimiento estudiantil francés que trataran de emular los jóvenes mexicanos sólo sirve para legitimar el sistema político mexicano que desde entonces en poco ha cambiado.
La foto de Alma Rodriguez, tomada de El Universal.
del sexo y otros placeres
Nadie pregunta ni habla sobre las ventajas de tener sexo. ¿Es pertinente? ¿Importa? ¿Habrá quien preste atención ante una posible perorata sobre el tema? Quizá, y no lo dudo, sobre un adjetivo que acompañe a tener sexo. Pero nada más. Nadie necesita ni pide un discurso. El placer no acude ni busca razones para justificarse. Ningún placer. Y el sexo, como ejemplo esencia de placer, mueve voluntades. A menos que, ya en situaciones muy malsanas y particulares, se posea un placer que lo supere. Existen los casos.
Leer es un placer y por lo tanto no merece de razones, motivaciones ni cualidades. Y quien no entienda este ejercicio como una actividad hedonista, es libre de actuar como animalito y recurrir a sus instintos más básicos. Ahora, habrá que delimitar que la lectura estimula el raciocinio y el intelecto. Demás está el decir si el texto apela a gustos y preferencias personales. Porque no es lo mismo que me guste leer a que me guste lo que leo. Es como quien va al cine por placer: le agrada la actividad pero ello no le condiciona para que le gusten todas las películas que vea. Por eso el leer como actividad cuenta como placer. Y no requiere de explicaciones ni argumentos que le defiendan. Quien no lee está en su derecho de hacerlo. Tanto como quien ha dejado de tener sexo porque prefiere otro placer. Cada quien tiene sus preferencias. Y nadie las explica. Nadie sale a la calle ni emite iniciativas gubernamentales sobre el porqué se debe saciar el apetito sexual. ¿A quién le importa?, insisto. A quien lee por placer, todas esos alegatos sobre por qué se debe leer, le parecen insulsos, soporíferos e, incluso, oprobiantes. Como si el leer no fuera por sí misma una actividad atractiva. De igual forma señalaba Henri Lefebvre sobre los cuestionamientos existenciales de ciertos filósofos: Preguntarse del porqué de la vida es despreciar la vida misma. Tanto igual ocurre con quien responde preguntas sobre el porqué leer. Desprecia la capacidad hedonista de la lectura. Más aún quien atiende tales respuestas. Aunque podría suceder que no conociera el placer de la lectura. Porque es probable. Hay quienes tienen encuentros sexuales que les parecen repugnantes. La mayoría se trata de personas que fueron sometidas carnalmente, a punta de fuerza y violencia. Literalmente con quienes fueron ultrajados con textos abominables o descomunales. En ambas situaciones se desconoce de las caricias y el placer que provocan. Pero afortunadamente se trata sólo de etapas malsanas, patológicas, de las que el ser humano se puede reponer. El placer ahí está, al alcance de quien elija tomarlo. Hay quienes deciden seguir un ritual para conseguir pareja (o más, depende de la inclinación) como quienes contratan servicios de alguien para tener sexo. Lo mismo para lectores que buscan textos especializados como para los que echan mano de diarios y textos efímeros y poco relevantes. El fin es idéntico: satisfacer el placer.
Por eso no se debe hablar del porqué se tiene que leer. Quien caiga en tal gandulería, me permito exhortarle a continuar con su vida silvestre.
Superstición racionalista
Superstición racionalista. ¿Qué demonios significará término tan inquietante? Si la superstición es la creencia ajena a la fe y contraria a la razón, ¿cómo definir un término de dos palabras que se contradicen por sí mismas? ¿Será acaso que la palabra racionalista dota de razón a la creencia y entonces abandona tal condición y se convierte en ciencia? En dado caso, ¿no se denuesta así el término ciencia? Y quien lo hace, ¿no apuesta más bien por la superstición o la creencia? ¿Será acaso un charlatán que, errante entre sus amigos, siembra toda clase de chapucería nacida de la ignorancia más que del dolo? O por lo menos eso quiero pensar. Grande sería mi desconcierto al descubrir que un amigo mío me ha querido vender quincalla, arguyendo que es un gran tesoro. Grande.
abril 28
Ayer esperaba un libre para volver a casa. Un vocero pregonaba que con cinco decesos más el transporte público sería detenido. La calle estaba menos vacía que hoy. Volvía del médico. Una semana antes había tenido lo que parecía un ataque de gastritis: un dolor atroz en la boca del estómago, la presión arterial en niveles altos y mi temperatura corporal en los 39º Celcius. Gastritis fue el primer diagnóstico. La presión arterial recuperó su normalidad, el dolor abdominal disminuyó y la fiebre continuó. Cinco días después el médico seguía preguntándose por qué la calentura no cedía. Durante esos días mi alimentación fue magra e insípida. No salí a la calle, estuve en cama y mis salidas fueron únicamente para consulta médica. No tenía el menor ánimo para leer, conversar o mirar el televisor. Como antes, como hacía muchos años antes. Aunque por las mañanas buscaba afanosamente seguir mis feeds habituales. Leía titulares y noticias destacadas. El viernes me topé con una alerta a la población en general debido al brote de una influenza desconocida. A pesar de mi estado salí a arreglar un asunto laboral. No veía las calles. Iba perdido en mis dolores. Cometí mi empresa y volví. Llegué puntual a la hora del medicamento. Y a la comida. Alimento sin sal ni conservadores. Consomés ligeros, vegetales al vapor y papaya. Sin condimentos ni sazones. Sin nada qué degustar. No había necesidad. Mi cuerpo ardía y no me interesaba comer. Apenas si probé bocado alguno. La tarde fue en verdad terrible. Al día siguiente me presenté nuevamente con el médico y prescribió analgésicos y antigripales, pues no había muestra fehaciente de una infección estomacal. Aburrido, dopado, febril y adolorido vi pasar dos días que en casi nada cambiaban frente a los anteriores. La vida como un trozo de carne ardiendo. Pensando en mi vida. Mi vida y su sentido. Ítaca recurrente, donde lo asombroso se ha dejado ver al paso del tiempo. Dos días que fueron de silencio y quietud que entendí hasta el día siguiente en que salí. La calle a punto de estar sin nadie. Y el médico que defiende su diagnóstico mientras levanta el tono de voz y mancha con saliva su cubrebocas y manotea en el aire. La fiebre no me abandonaba. Volví a casa y luego al trabajo por un momento. Busqué el número de otro médico que escuchó y atendió tan pronto como hube llegado: inflamación renal. Me sentí tranquilo. Medicado y aún febril me di cuenta de lo solitario que la ciudad se había vuelto. Pero no, no lo veo aún, no todavía.


deja un comentario